
En contra de lo que sucede en otras monarquías como puede ser el caso de la inglesa, donde es de lo más normal ver establecimientos con carteles en la puerta donde se explica que son proveedores de la casa real sin que a la competencia le de un síncope, en España ese honor se evita de todas las maneras posibles para que no haya distingo. Por ejemplo, aunque Felipe Varela viste el 99 por ciento de las veces a la Princesa Letizia, el modista no sólo no cuenta con ese cartel en la fachada de su tienda de Ortega y Gaset (justo al lado de donde vive Marichalar) sino que desde que en la pedida de mano Letizia se fijó en el traje pantalón que lució su cuñada Doña Elena y decidió recurrir a Varela, el diseñador se ha convertido en un ser invisible, en un ente que se supone existe pero nadie ve y mucho menos escucha, dado que en estos años no se puede encontrar ni conseguir ni una sola entrevista con él.
Es lo que tiene vestir a la Princesa, que cualquier declaración o afán de protagonismo se puede considerar como un acto de oportunismo o indiscreción, cuyo resultado más que inmediato sería la cancelación de cualquier pedido. ¿O qué pasó si no con Caprile? Era el elegido para las grandes apariciones de gala y lo sigue siendo con cuentagotas y sin que nadie se explique por qué, después de haber firmado los mejores diseños de la Princesa, se han espaciado, casi olvidado, sus vestidos de ceremonia. ¿No será porque Caprile, discreto donde los haya, simplemente ha contestado a algún reportero?
Tal vez por esto es por lo que Letizia dejó de ir, hace ya dos años, al salón de belleza de Carmen Navarro, una de las mejores profesionales del sector. A Navarro iba antes de conocer a Don Felipe, durante sus años como presentadora de TVE, y allí volvió justo antes de su boda, para hacerse el clásico tratamiento de novia que quiere estar radiante ante el altar. Entraba con discreción y salía de la misma manera, pero permitió que una cariñosa dedicatoria con su foto de boda figurara en la recepción para que el resto de clientela viera ese gesto. Así fue insisto hasta hace dos años cuando Letizia optó por cambiar de manos y dejar su cuidado físico a un dermatólogo
Obsesionada por la discreción, muchos sabían de sus pasos y de ahí que, a día de hoy, siga sin querer confirmar dónde se operó la nariz o quién es el doctor que firma sus retoques faciales (desde los surcos nasogenianos a más recientemente el aumento de labios) y del que puede asegurar que no es ninguno de los más citados por los medios. Tanto silencio no quita para que haya querido que se desmienta que usa «brakets» como se había apuntado en algunos medios.


